ELIZABETH PEYTON: LA MADUREZ DE LA TRIBU BOHEMIA

“John Giorno” (2008, óleo sobre tabla, 25.4 x 20.3 cm), de Elizabeth Peyton.

“John Giorno” (2008, óleo sobre tabla, 25.4 x 20.3 cm), de Elizabeth Peyton.

La obra de Elizabeth Peyton, en los últimos diez años, ha evolucionado de las imágenes de famosos, extraídas de la prensa, a los retratos de su círculo de amigos, algunos con cierta fama, otros sólo simples desconocidos, pintados al natural, con la inmediatez de la ejecución, que sitúa la escena en un tiempo muy preciso, con el amor y la devoción que profesa a sus modelos; lo cual es notable en la serie de retratos al óleo de Jonathan Horowitz: “Jonathan (Jonathan Horowitz)” (2005, óleo sobre tabla, 30.5 x 22.9 cm); “Jonathan Horowitz” (2006, óleo sobre tabla, 30.5 x 22.9 cm, Colección privada); y “Jonathan (Jonathan Horowitz) January 2007” (2007, óleo sobre tabla, 22.9 x 17.8 cm, Colección privada); así como en los cuadros “Matthew” (2008, óleo sobre tabla, 31.8 x 22.9 cm, Colección privada), el video-artista californiano Matthew Barney; y en la serie de retratos en pareja, los cuales dan una idea de comunidad, tribu bohemia neoyorquina, en la que los amigos forman una nueva clase de familia: “Liz and Diana (Liz and Diana Welch)” (2006, óleo sobre tabla, 30.5 x 22.9 cm, The Sander Collection), las hermanas y escritoras Welch; “Angus and Jonathan (Angus Cook and Jonathan Caplan)” (2006-07, óleo sobre tabla, 25.4 x 20.3 cm, Colección Mandy y Cliff Einstein), el escritor y artista Angus Cook, junto al diseñador gráfico y arquitecto Jonathan Caplan; y “Nick and Pati (Nick Mauss and Pati Hertling)” (2007, óleo sobre tabla, 33 x 25.4 cm, Colección privada), el cineasta e instalador Nick Mauss y la artista Pati Hertling. Estas obras mantienen un equilibrio entre la representación realista de la belleza del cuerpo humano y la bondad del espíritu, es decir el ideal de la Kalokagathia, expresado a través de pinceladas anchas y aparentemente descuidadas para la ropa y el fondo, y trazos más precisos y delicados para las facciones del rostros, la vitalidad del retratado en un momento de reposo.

No obstante, lo que han ganado de profundidad lo han perdido de frescura y vitalidad; como señala la historiadora de arte Nadia Tscherny, en un artículo de la revista Art in America, de febrero del 2009, con motivo de la primera exposición retrospectiva de Peyton, titulada “Live Forever: Elizabeth Peyton”, en el tercer y cuarto piso del New Museum, de Nueva York, curada por Laura Hoptman: “Sin embargo, como Peyton entra en la edad madura (nació en 1965), la concentración en el retrato puede ponerse problemática: algunas de las personas que la han rodeado (Joe Montgomery, Gavin Brown y Matthew Barney, en la exposición), son de mediana edad, evidentemente no fueron seleccionados por su belleza cubierta de rocío. Peyton ha abandonado el encanto de la belleza superficial a favor de un compromiso más profundo con los signos de la experiencia y la madurez; la opinión acerca de sus obras más recientes se ha dividido. En el retrato de Barney, el ceño fruncido y los ojos hundidos sugieren cansancio o la carga de las preocupaciones, pero no es suficiente para mantenernos involucrados: sí, echamos de menos la chispa del estilo de la firma de Peyton. Ha oscurecido y enturbiado los colores, y, en un nuevo tratamiento pictórico más áspero, la pincelada ya no se desliza, sino que parece vacilante, incluso torpe”[1].

Efectivamente, las opiniones sobre la nueva dirección que había tomado Peyton estaban divididas, pues Jerry Saltz escribió, en el New York Magazine, un elogio a la madurez mostrada en sus pinturas más recientes: “Elizabeth Peyton, la artista conocida por los pequeños, deslumbrantes retratos de la radiante juventud, ahora pinta pequeños, deslumbrantes retratos de la radiante mediana edad. El cambio es tan sutil que usted se lo puede perder, y no está aún en todos sus nuevos cuadros, algunos de los cuales sólo parecen bonitos, aunque nunca hay que lamentarse de un toque tan delicado y del sentido afinado de más o menos lo mismo. Sin embargo, la lavanda de Peyton, el lila, el púrpura, y las cartas de amor carmesíes a la edad de la inocencia reflejan finalmente la edad de la experiencia. Su hábil manejo del pincel y su admiración soñadora se encuentran todavía a prueba, pero su color oscuro y su mirada tienen menos lunares. Varios de sus modelos parecen hastiados del mundo, como si estuvieran viviendo la vida, no sólo siendo fabulosos. De algunos artistas, como Robert Ryman u On Kawara, no se espera un cambio, porque su trabajo es acerca de la continuidad. Pero el cambio está incorporado a lo que Peyton hace. Es por eso que estos signos de crecimiento son buenos… En una pintura de Matthew Barney, que está sentado ligeramente encorvado, él no es un simple corderito, hay círculos debajo de los ojos, mira fijamente en la distancia y en sí mismo, posando de tal modo para aceptar y rechazar nuestra mirada. Es una actuación, una entrega, y una defensa protectora. En su retrato del poeta John Giorno, lo vemos irradiando autoconciencia y comodidad en su edad más avanzada. En varias imágenes capturadas de la novia de Peyton, vemos a una mujer severa, bonita, leer o dormir. No es un ángel idealizado, ella es alguien con estados de ánimo, pensamientos y energía psíquica. Por sutiles que sean estos cambios, son prometedores para un artista que algunos temían que ha estado a la deriva en su propio estilo de merengue, más ligero que el aire, haciendo retratos de bombones de los lindos y famosos. Estamos llegando a ver lo que la vida está haciendo a Peyton y lo que nos está haciendo a nosotros”[2].

Elizabeth Peyton pintó “John Giorno” (2008, óleo sobre tabla, 25.4 x 20.3 cm), retrato del poeta y artista neoyorquino (colaborador y amante de Andy Warhol, durante la década de los 60), quien narra en el texto “Her Hand Dipped in Wisdom”, del libro Live Forever: Elizabeth Peyton (Editorial Phaidon, 2008, catálogo de la exposición del mismo nombre) el proceso creativo de la artista: tuvieron cuatro sesiones (del 18 de diciembre del 2007 al 21 de febrero del 2008), en la residencia de Peyton (una casa de madera, del siglo XIX, en Stuyvesant, en el East Village, en Manhattan, Nueva York, cerca de donde estuvo el Teatro Pudding Lane), en las que la artista pintó al natural y tomó varias fotos del poeta (también fotografió a Giorno en su presentación en el evento de Pati Hertling, en la galería de Gavin Brown, y en una lectura en el Club de Poesía de Bowery con el guitarrista Javier Colis, después de la cual Peyton le dijo a Giorno, seriamente y en voz baja: “You’re a rock star”, lo que le pareció bastante divertido al poeta), dando por resultado dos pinturas y tres dibujos. John Giorno observa que Elizabeth Peyton pinta a sus amigos, amigos íntimos, amigos imaginarios, poetas y personajes famosos, con el glamour y la gracia de una estrella de cine. A pesar de que no sepamos quién es el modelo, cada retrato es la pintura de una superestrella, con las cualidades que nos hacen creer en ellas, cada uno tiene un color perfecto y el equilibrio perfecto de confianza y certeza. La reflexión final de John Giorno es muy atinada: “En la gente que pinta, Elizabeth ve sus cualidades especiales como luz, su vitalidad y sus logros iluminando sus cuerpos, y el brillo extra en su forma, deidades en conjuntos de color, dioses casi transparentes a la luz brillante, su naturaleza está representada en un resplandor traslucido. Es como si su brillante empleo del color y la línea fueran disfraces magníficos, y el retrato verdadero es el fondo blanco que irradia la pureza primordial. A pesar de que a Elizabeth y a mí realmente nos gustara hablar e intercambiar ideas, nuestra verdadera comunicación no era verbal, más allá de conceptualizaciones, y los resultados fueron milagrosas pinturas, tintas acuosas, líneas frágiles de lápiz, carboncillo borroso, óleo pálido, y pequeño, sus pinturas son de deidades en un mundo celestial siempre en expansión, y la misma Elizabeth Peyton es Sarasvati, diosa de la pintura, su mano teñida en sabiduría”[3].

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)


[1] “Yet as Peyton enters middle age (she was born in 1965), the concentration on the portrait may be growing problematic: some of the people who now move her (Joe Montgomery, Gavin Brown and Matthew Barney in the show), themselves middle-aged, have evidently not been selected for their dewy beauty. Peyton has forsaken the allure of surface beauty in favor of a deeper engagement with the signs of experience and maturity; opinion on these recent works has been divided. In the portrait of Barney, the frown and sunken eyes suggest weariness or the burden of concerns, but it’s not enough to keep us engaged: yes, we miss the sparkle of Peyton’s signature style. She has darkened and muddied the colors, and, in a new, rougher pictorial treatment, the brushwork no longer glides but appears hesitant, even awkward”. Elizabeth Peyton. Beautiful people, de Nadia Tscherny. Revista Art in America, pág. 106. Febrero del 2009.

[2] “Elizabeth Peyton, the artist known for tiny, dazzling portraits of radiant youth, is now painting tiny, dazzling portraits of radiant middle age. The change is so subtle you can miss it, and it’s not even in all her new pictures, some of which just seem pretty—although one should never bemoan such a delicate touch and honed sense of too-muchness. Yet Peyton’s lavender, lilac, and crimson love letters to the age of innocence are finally reflecting the age of experience. Her deft brushwork and starry-eyed doting are still in evidence, but her color has darkened and her gaze is less moony. Several of her subjects look world-weary, like they’re living life, not just being fabulous. Some artists, like Robert Ryman or On Kawara, aren’t expected to change, because their work is about continuity. But change is built into what Peyton does. That’s why these signs of growth are good… In one picture, of Matthew Barney, he’s sitting slightly hunched. He isn’t just some lambkin; there are circles under his eyes, he stares into the distance and into himself, posing in such a way to accept and reject our gaze. It’s a performance, a surrender, and a protective defense. In her portrait of poet John Giorno, we see him radiating self-awareness and comfort in his older age. In several arresting pictures of Peyton’s girlfriend, we see a severe, pretty woman reading or sleeping. She isn’t an idealized angel; she’s someone with moods, thoughts, and psychic power. Subtle as these changes are, they are promising for an artist that some have feared has been drifting in her own lighter-than-air meringue style, making bonbon portraits of the cute and famous. We’re getting to see what life is doing to Peyton and what it’s doing to us”. Elizabeth II. Elizabeth Peyton returns to life, de Jerry Saltz. Revista New York Magazine. 11 de mayo del 2008. http://nymag.com/arts/art/reviews/46791/

[3] “In the people she paints Elizabeth sees their special qualities as light, their vitality and accomplishments illuminating their bodies, and extra brightness in their form, deities in aggregates of color, gods almost transparent in shimmering light, their nature displayed in translucent radiance. It is as though her brilliant use of color and line are superb disguises, and the true portrait is the white background radiating primordial purity. Even though Elizabeth and I really liked talking and exchanging ideas, our true communication was nonverbal, beyond conceptualizations, and the results were miraculous paintings, Ink washes, frail pencil lines, blurred charcoal, pale oil, and small, her paintings are of deities in an ever – expanding heaven world, and Elizabeth Peyton herself, is Sarasvati, goddess of painting, her hand dipped in wisdom”. John Giorno, “Her Hand dipped in Wisdom”, Live Forever: Elizabeth Peyton. Editorial Phaidon, 2008.

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