ELIZABETH PEYTON: TRIUNFAR DE LA VEJEZ Y DEL OLVIDO

Prince Eagle (Fontainebleau), de Elizabeth Peyton

Prince Eagle (Fontainebleau), de Elizabeth Peyton (1999, óleo sobre tabla, 30.5 x 22.9 cm, Colección privada, Nueva York, Cortesía de Gavin Brown’s enterprise, Nueva York, © Elizabeth Peyton).

Hace algunos años,  mi madre, que tenía por costumbre ponerme todos los días (ahora lo hace cada semana) al corriente de la vida y milagros de nuestros familiares, vecinos y amigos, me contó la triste historia de Jennifer, una simpática muchacha que recién se había divorciado: su ex marido la engañó con una mujer hermosa, aunque de aspecto vulgar. Sin embargo, mi memoria no podía localizar a Jennifer; por el disco duro de mi mente desfilaban innumerables primas, vecinas, condiscípulas de la universidad y compañeras del trabajo, sin que apareciera la joven divorciada. Cuando surgió el nombre del infiel… ¡Brad Pitt!, me di cuenta de que la chica, de quien hablaba mi madre con tanta familiaridad, era Jennifer Aniston, la estrella del programa de televisión “Friends”. Los medios de comunicación alimentan el interés del público de conocer a las celebridades de cerca, en su vida privada, en su dominio íntimo, como al vecino de enfrente o al compañero de trabajo, mediante la creación de una realidad virtual, que se constituye en nuestra única fuente de percepción; de manera que el objeto de nuestros sentidos no es lo que vemos, tocamos, escuchamos, oímos o saboreamos en nuestro entorno, sino lo que la pantalla de televisión, el monitor de la computadora o los audífonos del iPod nos indican que existe. Si bien, en la antigüedad, el filósofo griego Teofrasto (372-282 a. C) ya describía, en su obra Caracteres de las costumbres, la tonta vanidad, es decir, “la inquieta pasión de hacerse valer aun por las más pequeñas cosas, o buscar con los pretextos más frívolos fama y distinciones”; en el siglo XX, la fama se convirtió en un derecho humano (en el año 1968, Andy Warhol dixit: “En el futuro, todos seremos mundialmente famosos durante quince minutos”; posteriormente, cambiaría en un par de ocasiones el sentido de la frase: “En el futuro, quince personas serán famosas” y “En quince minutos todos serán famosos”) y, a finales de siglo, en una prueba de vida (Jean Baudrillard dixit en su ensayo El crimen perfecto: “El mundo sólo existe gracias a esa ilusión definitiva que es la del juego de las apariencias, el lugar mismo de la desaparición incesante de cualquier significación y de cualquier finalidad”). En nuestro tiempo, la hiperrealidad, la realidad suplantada a través de intermediarios, se ha impuesto (lo que existe no es lo que los medios de comunicación masivos pueden reproducir, sino lo que reproducen). Así, la celebridad, el afán de bajar a los que habitan en la cumbre y el deseo de encumbrarse hasta ellos, ya no es una “tonta vanidad”, sino la búsqueda de la existencia misma. Pero no hay que apresurar conclusiones tan radicales; en nuestro mundo, la realidad y la hiperrealidad, es decir, el acto y la simulación, interactúan todo el tiempo. Nuestras relaciones sociales, tanto las que se dan en el ámbito físico, como en el virtual, están condicionadas por el deseo de trascender. En el plano teológico, la promesa de una vida eterna está garantizada por las tres religiones abrahámicas (cristianismo, judaísmo e islamismo). En el ámbito terrenal, el arte es el gran dispensador de la inmortalidad. William Shakespeare proclamó, en el Soneto 55, el poder de la poesía para perpetuar la memoria del ser amado: “Ni el mármol, ni los dorados monumentos/de los príncipes sobrevivirán a esta poderosa rima; /sino que tú relucirás con más brillo en estos contenidos/que la piedra sin barrer enmugrecida con el sucio tiempo”. En las artes plásticas, el retrato pictórico es el medio idóneo para prolongar el recuerdo de una persona; no como una mera reproducción de los rasgos fisonómicos, sino como la impresión de la esencia: la naturaleza psicológica y espiritual a la par de las características somáticas. La artista norteamericana Elizabeth Peyton (Danbury, Connecticut, Estados Unidos, 1965) se inspiró en el Soneto 55, de Shakespeare, para editar el libro Prince Eagle (New York, powerHouse Books, en coedición con Thea Westreich, 2001), compuesto por fotografías, pinturas y dibujos de la imagen de Tony Just, un joven artista que, según la enamorada Peyton, poseía el magnetismo del Emperador Napoleón (el título del libro es un apodo de juventud de Bonaparte). Tony Just se transformó, durante tres años (1999-2001), en la musa de Elizabeth Peyton. La artista lo retrató en distintas poses, tanto espontáneas como estudiadas; podemos ver retratos de Tony Just como un dandy, una especie de Óscar Wilde contemporáneo, en el óleo Prince Eagle (Fontainebleau), del año 1999; con una peluca estilo Hipster, en el cuadro Berlín (Tony), del año 2000; o simplemente fumando, en el retrato Luing (Tony), del año 2001. En las pinturas de Peyton, Tony luce joven y hermoso; la palidez del rostro, la mirada melancólica y los labios pintados de un color rojo cereza, resaltan su aspecto andrógino. La imagen se transforma en el “Elixir de la eterna juventud”; tal pareciera que estamos ante una especie de retrato de Dorian Gray, a la inversa; pues, entre más inicuas son las acciones de la raza humana, más hermosos son los modelos de los retratos de Elizabeth Peyton. La artista pretende —como escribió Sor Juana Inés de la Cruz en el Soneto a su retrato—,  con vano artificio de colores, “excusar de los años los horrores, /y venciendo del tiempo los rigores/triunfar de la vejez y del olvido”.

En su libro de arte Craig (Edición Salzau y Verlag der Buchhandlung, Walther König, 1998), Elizabeth Peyton combina la pintura, la fotografía, el dibujo y las notas periodísticas, con el propósito de borrar las fronteras que separan a las celebridades de las personas anónimas. Así, una fotografía de Craig Wadlin, un artista amigo de Peyton, aparece junto a una fotografía de Ludwig II de Baviera, a los 16 años de edad; lo mismo ocurre con otras fotos de Craig colocadas al lado de una pintura y una fotografía de la joven Isabel II de Inglaterra, hermanando de esta manera a Craig con ambos personajes. La acuarela de la coronación de la reina Isabel II, los dibujos y pinturas de Lady Di y del roquero punk Johnny Rotten, nos producen un extraño deja vu, como si estuviéramos ante el álbum fotográfico de nuestra familia. De esta manera, la artista sitúa a sus modelos en un estado “angélico”, en el que no hay una clara distinción de los sexos, la juventud es eterna y la gloria está al alcance de todos. Frecuentemente se compara la obra de Peyton con la de Andy Warhol, por su interés en las celebridades y por el lugar que ocupa la fotografía en su proceso creativo. No obstante lo anterior, las diferencias son considerables. Andy Warhol, como ferviente católico ortodoxo, adoraba las imágenes de las celebridades como fetiches de la cultura popular. En su “Gold Marilyn Monroe” (1962, polímeros, serigrafía, óleo sobre lienzo, 211 x145 cm; Museo de Arte Moderno de Nueva York), Warhol logró el efecto que causan los íconos bizantinos: el retrato pequeño de la actriz flota sobre el fondo dorado, como una virgen pop. En oposición a la exaltación de los ricos y famosos warholianos, Elizabeth Peyton desciende a las celebridades de su pedestal, sin negar su atractivo. Según Warhol, los famosos son artículos para el consumos de las masas; el artista afirmaba “para mí la Monroe no es más que una persona entre muchas; y, por lo que respecta a la pregunta de si se trata de un acto simbólico pintarla con tales colores chillones, sólo puedo decir: creo que depende de la belleza y ella es hermosa, y si hay algo que sea hermoso, eso son los colores bonitos”. Marilyn Monroe, de acuerdo con el pensamiento de Warhol, no es más que un objeto. La fotografía de la actriz, procedente de la filmación de la película Niágara  (dirección de Henry Hathaway, del año 1953), transformada en la famosa serie de serigrafías, es un simple código visual: el cabello rubio, la mirada triste y los labios sensuales pintados en colores eléctricos funcionan como piezas autónomas de una cadena de montaje. En cambio, la pintura de Elizabeth Peyton plasma la manera en que algunas personas, tanto la gente de su entorno como las figuras públicas que jamás han tenido contacto físico con ella, han influido en su vida. De este modo, el retrato se transforma en una autobiografía pictórica. Las figuras idealizadas de amigos, personajes históricos y celebridades nos remiten a la estética de las fotografías de moda, pero la composición del cuadro y el énfasis en la psicología de los modelos muestran una clara influencia de retratistas como Anthony van Dyck, Diego Velázquez, Francisco Goya, Edouard Manet y John Singer Sargent, David Hockney y, su contemporánea, Karen Kilimnik.

(Escrito por Armando Gerardo Santos Uruñuela)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: